jueves, 1 de julio de 2010

Per Fumum

El perfume tuvo su origen en los antiguos santuarios, y de él se ocupaban los sacerdotes, no los expertos en cosmética. En forma de incienso, su función original, sobrevive hoy en las ceremonias de las iglesias.

La palabra se compone de per y fumus, en latín “a través del humo”. Y esto describe exactamente cómo reciben los fieles los fragantes aromas: transportados por el humo de los restos carbonizados del animal sacrificado.
El hombre primitivo, preocupado por la búsqueda de alimentos, creía que la mejor ofrenda a los dioses era una parte de su posesión más preciosa y esencial: un animal sacrificado. Por tanto, el perfume se originó como desodorante, derramado sobre el cadáver de un animal para disimular el olor de la carne quemada. La Biblia explica que cuando Noé, tras haberse salvado del Diluvio, sacrificó unos animales, “el Señor captó el dulce olor»”…, pero no de la carne, sino del incienso.
Con el tiempo, a través de una sustitución simbólica, las intensas fragancias del humo se convirtieron a su vez en ofrendas. Quemar sustancias como el incienso, la mirra, la casia y el nardo representaban el mejor homenaje que un mortal podía ofrecer a los dioses. Así, el perfume dejó de ser un desodorante utilitario para contrarrestar los malos olores, y se transformó en un producto suntuario.
Sin la necesidad de olores intensos que enmascarasen otros, la gente adoptó las leves y delicadas fragancias de frutos y flores.
Esta transición del incienso al perfume, y de unos aromas intensos a otros más suaves, ocurrió a la vez en el Próximo y en el Extremo Oriente hace unos 6000 años. En el año 3000 a.C., los sumerios en Mesopotamia y los egipcios a lo largo del Nilo se bañaban literalmente en aceites y alcoholes de jazmín, lirio, jacinto y madreselva.
Las egipcias aplicaban un aroma diferente a cada parte del cuerpo. Cleopatra se untaba las manos con Kyaphi, un aceite de rosas, azafrán y violetas, y se perfumaba los pies con aejiptium, una loción a base de aceite de almendras, miel, canela, flor de azahar y alheña.
Aunque los hombres de la antigua Grecia no utilizaban cosméticos faciales, ya que preferían un aspecto más natural, eran entusiastas de los perfumes, hasta el punto de emplear un aroma para los cabellos, otro para la piel, otro para las ropas, y otros, diferentes entre sí, para perfumar el vino.
Alrededor del año 400 a.C., los escritores griegos recomendaban hierbabuena para los brazos, canela o rosa para el pecho, aceite de almendras para las manos y los pies, y extracto de mejorana para los cabellos y las cejas. Los jóvenes griegos elegantes llevaron el uso de los perfumes hasta tal extremo que Salón, el estadista que creó la estructura democrática de Atenas, promulgó una ley (pronto derogada) que prohibía la venta de aceites fragantes.
Desde Grecia, los perfumes llegaron a Roma, donde se consideraba que el soldado no estaba en disposición de entrar en combate a menos que se hubiera ungido debidamente con perfumes. A medida que el Imperio Romano conquistaba otros territorios, se popularizaron las fragancias de glicina, lila, clavel y vainilla. Por influencia del Extremo y del Próximo Oriente adquirieron también preferencia el cedro, el pino, el jengibre y la mimosa, y los griegos extendieron la costumbre de preparar los aceites a base de mandarina, naranja y limón.
En Roma se constituyeron gremios de perfumistas, cuyo negocio floreció suministrando los últimos aromas a hombres y mujeres. Conocidos como unguentarii, estos perfumistas ocupaban las tiendas de toda una calle en la antigua Roma. Su denominación, que significa “hombres que untan”, originó nuestra palabra “Ungüento”.
Los unguentarii elaboraban tres tipos básicos de perfume: ungüentos sólidos, cuyos aromas tenían un único ingrediente (por ejemplo, almendra, rosa o membrillo); líquidos, compuestos a partir de flores, especias y gomas trituradas o majadas en un soporte aceitoso; y perfumes en polvo, preparados con pétalos de flores pulverizados y con especias.
Al igual que los griegos, los romanos prodigaban el perfume en sus personas, sus ropas y los muebles de sus hogares, y también en sus teatros. Al escribir sobre costumbres romanas, Edward Gibbon, el historiador británico del siglo XVIII, observa: “El aire del anfiteatro estaba continuamente refrescado gracias al funcionamiento de las fuentes, y profusamente impregnado de los agradables efluvios de los aromatizantes”.
El emperador Nerón, que en el siglo I creó la moda del agua de rosas, gastó cuatro millones de sextercios, equivalentes a unos 20 millones de las antiguas pesetas, en aceite, agua y pétalos de rosa para sí mismo y sus invitados en una sola fiesta nocturna. Y se sabe que en el entierro de su esposa Popea, en el año 65 de nuestra era, se gastó una cantidad de perfume que superaba la producción anual de Arabia. Incluso se perfumó a las mulas que formaron parte del cortejo.
Estos excesos indignaron a la Iglesia. El perfume se convirtió en sinónimo de decadencia y disipación, y en el siglo II los Padres condenaron su uso.
Después de la caída del Imperio Romano, los perfumes se fabricaron principalmente en el Próximo y el Extremo Oriente. Uno de los perfumes orientales más caros reintroducido en Europa por los cruzados en el siglo XI, era el llamado rosa altar, el aceite esencial procedente de los pétalos de la rosa damascana. Doscientas libras de pétalos de rosa, ligeros como plumas, producían una sola onza de attar.
Fueron los cruzados quienes, al regresar cargados de fragancias exóticas, reavivaron el interés de Europa por los perfumes y su elaboración, y en este momento de la historia del perfume entró en juego un nuevo elemento: los aceites animales. Gracias a los conocimientos orientales, los boticarios descubrieron que había cuatro secreciones animales, hasta entonces insospechadas, que producían efectos embriagadores en los seres humanos. Se trataba de aceites: almizcle, ámbar gris, civeta y castor, que son las esencias fundamentales de los modernos perfumes.
Se trata, en realidad, de ingredientes que no parecen guardar la menor relación con los perfumes, puesto que se trata de secreciones sexuales y glandulares, más bien para producir olores desagradables e incluso nauseabundos. Su incorporación al perfume tan sólo se conoce en parte.

Fuente:http://www.tinet.cat/~vne/principal.htm

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